Segunda sesión del Seminario

Segunda sesión del Seminario
Sesión del 10 de Junio

martes, 14 de octubre de 2008

Mujeres de la Provincia de Sonora y Sinaloa

Maria Feliciana Arballo, una mujer excepcional en la expedición de
Juan Bautista de Anza a la Alta California en 1775-1776.

Suhei Lara López



Feliciana Arballo nació en el seno de una familia adinerada en España y rebasaba apenas los veinte años de edad cuando ella y su esposo, un soldado mestizo, se enlistaron para viajar en la expedición de Anza a la Alta California en 1775. Después de la muerte repentina de su esposo José Gutiérrez, quedó viuda con dos hijas de 4 y 6 años de edad y solicitó al Comandante Anza le permitiera unirse a la expedición, aún cuando ésta no llevaba marido. Después de sortear la severa oposición de Fray Pedro Font a dicha solicitud, Anza decide aceptarla haciendo una excepción, ya que todas las mujeres de la expedición debían ir acompañadas de su marido o algún pariente del sexo masculino.

Si bien, Maria Feliciana no llegó hasta las inmediaciones de San Francisco, y decidió quedarse en la misión de San Gabriel, lugar en la que fue desposada por otro soldado mestizo, esta mujer rompió con muchas de las expectativas españolas sobre cómo debía comportarse una mujer en aquella época.

Los diarios de Juan Bautista de Anza y Fray Pedro Font dan cuenta de excepcionales patrones de comportamiento y vida familiar de Feliciana Arballo, sobre todo tomando en cuenta que venía de una clase social que no correspondía con la del resto de las mujeres que viajaban en la expedición. Aunque las descripciones hechas en dichos diarios no son del todo benévolas como para detallar la vida íntima de Feliciana, sí nos dan algunos argumentos para decir que fue una mujer que se resistió a obedecer por completo el sistema normativo español que controlaba el comportamiento de las mujeres dentro y fuera de la expedición.

Célebre es el hecho descrito en el diario de Pedro Font del día 17 de diciembre de 1774. Días antes del fandango que narrara Font para ese día, la expedición se había dividido en tres grupos que viajaban con un día entremedio para que todos pudieran tomar agua en los pozos del desierto que se llenaban muy lentamente. El Teniente Coronel Anza dirigía al primer grupo. El segundo fue comandado por el Sargento Grijalva, y el tercero por el Teniente Moraga. Los vaqueros adelantaban al ganado por una ruta separada. Mientras el grupo del frente se acercaba a la Sierra Santa Rosa de California, una tormenta de nieve del desierto los atrapó por cuatro días y cinco noches. Las tiendas de campar ofrecían poca protección para los niños y enfermos. La gente rebuscaba el desierto para arbustos y ramas de mezquite para mantener sus fogatas contra los vientos fuertes. Todos se acurrucaban refugiándose bajo cobijas y arbustos provisionales. Las temperaturas cayeron y la nieve sobre la tierra se hacía dura mientras los oficiales trabajaban frenéticos tratando de juntar a los tres grupos. Aunque no se perdió ninguna vida humana, muchos animales, ya debilitados por falta de pasto sucumbieron al frió y murieron. Ya para la noche todos habían sido reunidos, bailaron el fandango en celebración y aplaudieron muy fuerte a una canción “impúdica” cantada por la viuda María Feliciana.[1] El padre Font escribe al respecto en su diario:

“ A la noche, con la alegria de haver llegado toda la gente, se armó allá entre ellos un fandango algo desconcertado, y una muger viuda, que venia en la Expedición bien descocada, cantó con aplauso y gritería de toda la gentalla unas glosas nada buenas; ...”

Después de que Feliciana cantase esa noche y fuera aplaudida por los miembros de la expedición, el acompañante que llevaba decide reprenderla debido a que Feliciana subvertía el comportamiento propio de su género, entablando una trifulca pública que Font apoyaba por defecto y que describió asi:

“ ...de lo qual se enojó el hombre con quien venia arrimada, y la castigó, lo qual oyendo el Sr. Comandante salio de su tienda y reprendió al hombre porque la castigaba. Dísele yo: dexelo Usted Señor, que hace muy bien: y me respondio: no Padre, que no debo yo permitir estos excessos estando presente. Zeló este excesso; y no zeló el excesso de fandango que duró hasta bien tarde.”

El Padre Font fue muy crítico en la misa la mañana siguiente:

“Dixe missa, y en ella dixe quatro palabras sobre el fandango de la noche passada, afeando la accion, pues en lugar de dar gracias á Dios por haver llegado con vida, y no haver muerto con tantos trabajos, como murieron las bestias, parece las daban al diablo con semejantes festines...”

Después de lo sucedido la noche del 17 y después de la misa del día 18, Font se ganó que Anza no le dirigiera la palabra durante ese día, en primer instancia por considerar éste que ese tipo de excesos hacia una mujer española podían ser tolerados, pero sobre todo por haber cuestionado las órdenes del Teniente Coronel frente a los soldados de su expedición, cuestión que sucedió en varias ocasiones durante los más de los meses que duró el viaje, según lo que el mismo Font cuenta en su diario.

Maria Feliciana abandona la expedición y se casa el 6 de marzo de 1776 en la misión de San Gabriel con el soldado Juan Francisco López, con el que tuvo cuatro hijas más: Maria Ignacia, Josefa, Juana, mejor conocida como Juliana, y Maria. Destaca en la historia de San Diego, la vida de su hija Maria Ignacia, conocida como “Doña Maria de dos adobes”, que actuando de forma similar a su madre, se muda al norte haciendo un viaje de San Diego a Sonoma con sus hijos y pertenencias, para forjarse una vida como ranchera que se ha convertido en leyenda.

No hay que olvidar que la idea de Anza al realizar la expedición era poblar la zona de la Alta California, y para lograr esto era de vital importancia la participación de la mujer, ya que eran éstas las que traerían al mundo a los futuros pobladores de la zona. Durante el largo viaje fueron las mujeres quienes se encargaron de cocinar y lavar la ropa de los soldados de la expedición, sirvieron de parteras las más de las veces, caminaron cargando en brazos a la docena de hijos que llevaban e iban naciendo en el camino (los hombres avanzaban a caballo), y todo esto lo hicieron soportando las inclemencias del clima y las hostilidades derivadas de un viaje de tal naturaleza.

Resulta de gran importancia rescatar los escasos episodios sobre las mujeres de la expedición y las nativas que narran Font y Anza en sus diarios, sobre todo si tomamos en cuenta que no existen documentos ni testimonios escritos por ellas. Debido a su posición en la estructura social de la época es difícil pensar que pudieron dejar testimonios escritos. Las mujeres españolas no tenían grandes posibilidades, mientras que las indígenas se enfrentaban no sólo a la imposibilidad de escribir, sino a las dificultades del idioma, pero su posición social dentro del grupo resultaba ser el principal obstáculo.







[1] Garate, Donald. Juan Bautista de Anza. Ruta nacional historic .Juan Bautista de Anza National Historic Trail, Web Site, 2005

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